El hermano lego

En los jardines exteriores, entre el Monasterior y el arco de San Juan, a la sombra de los árboles que les rodeaban y con el sonido de las aguas temblorosas y frías del manantial, esperaban, en aquel rincón de paz, que salieran de la visita. 
Lucia leía un libro.
Julián, peinaba con sus dedos el agua de la fuente y, con la vista perdida hacia los muros del Monasterio, miraba al conjunto como si quisiera traspasar sus paredes y situarse allí: en los jardines del claustro en donde estaba el pozo.
Imaginando la escena y sin apartar su mirada de aquellas murallas, hablo....
– Lucia ¿verdad que es aquí donde un “curilla” ascendió al cielo?
- Estoy un poco espesa Julián ¿Pero qué dices? ¿Pero que me estás diciendo?....


Julián, nunca creyó la historia que le había contado su padre. Por eso tampoco se lo había contado nunca a Lucia, pero hoy, sin saber porque, se sentía iluminado. Visionario.


“Dicen que cada mañana, después de maitines y el refrigerio, salían los monjes a rezar por el claustro con su libro de rezos y  rosario en ristre.
El hermano lego, el más anciano, de poco peso y menos estatura, en su lugar, se dirigía al centro del jardín en donde estaba el pozo. Se subía al escalón de la base, extendía sus  brazos en cruz y, a él, acudían los pajarillos desde los aleros y los naranjos. En sus manos repartía desmigado el trozo de pan de su colación de la mañana que, en un santiamén, lo devoraban.
Agradecidos, mientras el rezaba sin libro y hablaba con EL, el de arriba, seguían a su lado posándose en sus hombros, y en sus manos.
Un majestuoso amanecer, cargado y neviscando, el hermano levitó hasta la altura del brocal. Inerte, quieto. Muerto.
Pocas cuentas les quedaban por pasar de los misterios de la fe, cuando, el Abad y algunos hermanos fijaron  su atención al ver a tantos pájaros, tantos, que apenas dejaban verle.
Se acercaron, lo descendieron, frio, ya muerto, y su hábito tieso como un pergamino. Por la tarde, sobre unas andas, le desfilaron circulando por el claustro y, se dice, que al ir al camposanto, al cortejo de los frailes también le acompañaron sus pajarillos. Con sus trinos apenas se oían los rezos del Superior que así los cantaba; Consumamtum est homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.  Requiescat in pace. Y, alguno, con él, fue cubierto  con la tierra arenosa que echaron sobre su fosa”                                                     


 – Bonita historia Julián pero aquí no hay pozo y, lo único que asciende desde el claustro al cielo, es su ciprés. Te aseguro que aquí no fue, porque si hubiera sido, yo, lo sabría.  
- Aunque nunca lo creí, te digo que, como me lo contó mi padre, es que fue. Y si no fue aquí, fue en La Vid, o fue en Caleruega.
– O en otro sitio Julián, ya sabes que tenemos más de cien.
Por cierto, cuando lo cuentes, a ver si utilizas expresiones menos bruscas. Mira que decir que rezaban con el rosario en ristre.
- Lo he dicho porque, como tú sabes, llevaban el rosario como cinturón del hábito.
-Eso ya está mejor, así me gusta más. 

                                                     -ooOoo-

(Cuando salía de la sacristía para realizar la colecta,  lo hacía con una especie de cazamariposas que había ingeniado con el mango de tres palmos de largo y, el saquillo hecho con terciopelo rojo. Con ello, podía recoger las limosnas de los fieles desde el pasillo central sin dar la vuelta por los laterales.
Si durante la consagración no había terminado, se arrodillaba sentado en sus talones, con la cabeza contra el suelo y, como era tan diminuto, parecía un gusanillo negro enroscado.
Sujetado a su artilugio recaudador como si fuera el cayado de un peregrino, esperaba siempre  ser el último en acercarse al altar para recibir su comunión y, cuando entraba nuevamente a la sacristía, sacaba de su bolsillo un dedal de cerámica con la foto impresa del monasterio, de los que se vendían en la portería; lo llenaba de vino de misa; lo bendecía con el signo de la cruz y,  pronunciado “así sea y así es” , se lo tomaba.
Al no estar ordenado, no había transubstanciación, no se producía la conversión. No podía, él lo sabía y Dios le perdonaba.)

Del capítulo de Aranda de Duero a Roa

Septiembre de 2013