La inocencia

Nunca dejaba de controlar su máquina. Así definía a su confortable autocar de treinta plazas. Si el tiempo lo permitía, lo hacia sentado acompañado por los de siempre en los bancos de la plaza y, cuando no, lo vigilaba desde el interior de la taberna de la Charo.  

Si los chavales corrían en su alrededor, o se escondían debajo, no le importaba, eso si, no le gustaba que se agararran a la cerradura tanteando en vano abrir su puerta. Cuando alguno lo hacía, los separaba a distancia con un silbido o, utilizando el mando acentralizado abriendo y cerrando el sistema casi al mismo tiempo, que hacia que dejaran el manubrio soltándolo como si les hubiera dado un calambrazo.

Juanito, el nieto de Rufino, se acercó para abrazar por la cintura a su abuelo, mientras éste, le daba un beso en la frente y lo separaba de él.

- Es muy "salao" y muy inocente. Mira Julian, si pones en tu mano unas monedas. Una de diez y otra de veinte y, se las ofreces para que compre unas golosina,cogerá, casi con seguridad solo la de diez céntimos.

Julián hizo la prueba y, efectivamente, solo cogió la de diez y se fue corriendo sin tan siquiera abrir la boca. Julián conocía el juego, pero dejó que siguiera con él, abuelo y nietecillo.

- Y si le ponga una de 20 y una de 50 ¿hace lo mismo?

- ! Lo mismo !, ea muy inocente.

- Y si en lugar de la de 20, le pongo las dos de 50. ¿No me digas que hace lo mismo?

- ! Lo mismo ! ya te he dicho que es pura inocencia, verás, prueba, y verás como solo coje una. 

- Pues ahora, le llamas.

No hizo falta. Juanito, "Juanito grillo", "Juanito Gafotas" se sabía bien la "partitura" y regresó pronto. Cogió solo una y salió corriendo hacia una de las callejuelas que daban a la plaza. Los demás asistentes, sonreían por lo bajo y consentían. Al fin, todos ellos habían pasado por la prueba del inocente Juanillo.

- ¿A que es inocente?

- !"Muchismo"! pero te aconsejo que, además de enseñarle tanta inocencia, le formes también un poco, y que, por lo menos aprenda a dar las gracias. La otra que tarde mucho en perderla. Hablando de inocencia, Rufo, ¿recuerdas cuando la perdiste tú? 

- Mira, yo creo que me hice hombre cuando dejé de creer que algún día podría volar y, que las cartas no viajaban solas. De niño me ataba alcuello el blusón que me ponían para ir al colegio y saltaba desde los altos imitando a Satán. Una tarde que llovía me refugié en la puerta del cura, desde allí, observaba como un gorrión, desde las ramas de un arbol saltaba al suelo. Picoteba y regresaba siempre con esbeltez y soltura a la misma branca. Siempre a la misma. Yo podía tirarme desde aquella altura igual que él, pero subirme de nuevo lo tendría que hacer trepando como un mono. Desde ese día deje de saltár y "volar" desde las alturas.

- Y lo de las cartas ¿que era?

- !Ah! si. Iba con mi hermano a tirar las cartas que mi madre le escribía a mi tía. El cabrón, me decía "échala y grita mucho !para Madrid, para Madrid!"  y yo, como un tonto, acercaba mi boca a la ranura del buzón y desgallitándome decía !para Ma...dird, para Ma...drid. Desde entonces, deje de saltar, de volar y de poner mis hocicos en aquella ranura de metal con forma de cara de león. Creo, más o menos, las dos cosas a un tiempo. 

- Pues yo con doce años, bajando a la vega con mi padres, el mulo se asustó al ver una bicha en el ribazo. El macho se fue hacia el otro lado de la carretera y, mi padre, para evitar que la bestia y la carga se fueran a lo hondo, lo agarró del morro y lo evitó. Pero el carro le arroyó pasándole por encima del pecho. Decía mi madre que la Virgen le salvó, pero ya no se recuperó nunca mas para las labores. Ahí pasé a ser yo el cabeza, el hombre de la casa y, aunque me ayudó y tiro "palante" como pudo, ya siempre anduvo mal.

- Y tu Gabriel ¿te acuerdas?

- !Puta pario. Pues claro! Y aun no lo he olvidado, ni lo olvidaré. Mi amigo Pedro, tambien tenía doce años. Era un filósofo, un fuera de serie. Me decía: "no mires a las niñas, estudia, juega al balón, aprende a bailarla aunque truene y llueva, hazlo antes de que se nos caiga, antes de que se nos baje el telón de nuestra juventud. Piensa que esta puta y larga postguerra nos desplazará de la infancia hacia adelante antes de lo que nos lo merecemos.

Una larga noche, después de decir que lo dolía mucho la cabeza, entró en inconsciencia y, sin volver abrir los ojos, nos dejó por una puta meningitis. Eso es lo que dijeron.

- Su familia quiso que yo fuera uno de los cuatro en llevarle hasta el camposanto en su blanca caja, sobre una parihuela,desde el pueblo, hasta allí. Recorrí el camino sin querer que nadie me supliera. Iba pensando en que, como el decía, se le había caído el telón de su niñez y de su vida y que, a mí, se me cambió todo. 

Gabriel, casi llorando, siguió: Pedro tenía un cordero amaestrado que,como si fuera un perillo, se le ponía a su lado cuando le sacaba al campo y a las eras. A veces se paraba para rumiar algún hierbajo mientras Pedro seguía andando, y el cordero cuando levantaba la vista salía corriendo hasta ponerse otra vez a su lado.  Para ocultar su congoja, se tapo la cara con sus rudas manos de haber trabajdo toda su vida en el campo.     

- Pues lo mio no fue triste. Dejé de ser papanatas cuando perdí la inocencia.

¿Y cuantos años tenías?

- Por ahí, como casi todos, no olvides que somos quintos. Dormía con mi hermano en una cama de barrotes de hierro y adornos de metal. No se me olvidrá nunca. Nunca. Una noche, pensando en mi Maria, me di media vuelta dándole la espalada a mi hermano Marcelo y, creo que, sin que el se entarara, me acaricié perdiendo la inocencia y la decencia.

- ¿Por qué has dicho que no se te olvidará nunca?

- ¿No te fastidia?...... ¿si te parece? me referiría a la cama. Por cierto, que era muy bonita.

-¿ Y lo repetiste?

- Casi todo los días hasta que, al volver de la mili,  para San Roque, preñe a la Maria en las eras.

- Pues yo, con Antonio, pasábamos el tiempo jugando con las niñas. Los otros, lo que se pasaban el día jugando a la pelota, como hacían Pedro y éste, el Gabriel, nos llamaban mariquitas pero, yo y el Antonio, lo pasabamos muy bien con ellas jugando a médicos y enfermeras. Y así de inocentes fuimos hasta que, ellas, se hicieron mujeres y porque, seguramente, sus madres las aleccionaron bien.  

- Venga Julián que tú, mucho preguntar, pero no nos dices cuando la perdiste tú. 

- Yo creo que ya nací viejo. Recuerdo que tendría yo unos catorce años cuando una noche fui con mis padres a velar al padre de Jesus y de la Dolores. Allí solo estabamos, en el comedor, la viuda, ellos y mi familia. Viendo que aquello se alargaba y que me caía de sueño, me levante y dije: deberíamos dar por terminado el duelo, pues esta familia debe de tener ganas de descansar. La señora Francisca dijo, hay que ver como piensa esteJulián !mejor que los mayores! y lo aprobaron por concordia.

-Lo siento, que por allí vienen mis señoritos. Hasta la próxima.  

Del capítulo de Roa a Peñafiel

Enero 2014