La llegada

La llegada

Llevaban una pequeña pancarta en la que se leía "Tren de la Ribera".

Julián y Lucía, firmes y uniformados esperaban en el anden al tren procedente de Madrid que traía a los catorce clientes que habían anunciado que llegarían por este medio.

Como cada viernes descendieron los de siempre, funionarios que, con paso  ligero, salían al exterior de la estación para pasar el fin de semana en sus casas. Los catorce, más otro, al que le esperaba una muchacha, se quedaron en el andén.

Las cinco parejas y los cuatro orientales fueron recibidos con el saludo de nuestro chofer y de nuestra azafata y, acomaodados en el autocar, subieron hasta el Parador Antonio Machado. Este era el lugar de encuentro, donde también llegarían el resto de pasajeros que acudían por otros medios. El Parador está situado en el lugar más alto de la Ciudad, desde donde se contempla la Soria monumental y su río Duero.

La machadiana Lucía, siempre que pasaba ascendeiendo hacia el Parador con los viajeros del Tren de la Ribera, al pasar por las proximidades del Cementerio del Espino les decía que, en ese lugar descansa Leonor, la mujer y musa de Don Antonio Machado y, en su tumba, solo su nombre: Doña Leonor Izquierdo 1-8-1912  y que, a ella, le gustaróa poner sobre su losa otra en que se labrará el poema que le dedicó cuando ella murió.

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo Señor, contra la mía

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

También a los chinos se lo tradujo al inglés, pero además de pronunciarlo regular, solo entendieron algunas palabras....Antonio, Leonor, corazón y mar. Los cuatro sacaron sus cámaras pero, El Espino quedaba atrás, ya no se veía y sus máquinas solo lograron captar algún olmo del camino.

Todos fueron acomodados en las habitaciones con vistas al valle del Duero, como también a los que fueron llegando durante la tarde. Unos bombones, fruta, canapés y un cava Txapana de Arzuaga junto a una tarjeta de bienvenida del jefe de la expedición, Bruno, jefe del tren convertido en hotel, a pesar de que él se sentía más como capitán de un barco.

En la invitación, Bruno en nombre del Tren de la Ribera, les convocaba a las veinte horas, en el salón "Medinaceli", para presentar a la tripulación y para que, durante el coctel-cena, que se serviría en el anexo, pudieran conocerse los veinticuatro pasajeros.

Les presentó a Lucia, la guía que algunos ya conocían, a las dos azafatas, a los dos camareros, a Julián el chofer y, asimismo como jefe de la tripulación y responsable de la travesía.

Acabada la introdución les acompañó con un gesto de su mano hacia el salón "Soria". los visitantes pululaban por él en pequeños grupos, mientras el servicio del Parador ya les iba ofreciendo exquisiteces que el chef cocinaba en su presencia. Lo que más gustaba eran los tacos de cochinillo tostado, los torreznillos y las mollejas en salsa de boletus, hasta el punto que, el dicho "de la cocina a la mesa" se superaba por el "de la cocina a la boca". Los choricillos fritos, el paté de faisán, las setas de cardo y el queso de Oncala, no tanto. En el bufet de bebidas mucho refreso con hielo. Txapana y, como comienzo de los vinos de La Ribera, los de Hispanobodegas de San Esteban de Gormaz que habían seleccionado para este evento los tintos roble: el Anier y el 12 Linajes y, de los tintos jóvenes: el Viña Gormaz y el Catania.

Pronto se rompió el protocolo y llegaron las presentaciones..........